Ya no recordaba lo que era un cielo tan negro, como el de esta mañana. Ni un futuro tan sucio, tan falto de todo. Hoy en día, no arrasé todavía a los enemigos que habitaban mi imaginación. Solamente aguardo a poder enterrar los calendarios, con días grises marcados, que un día guardé bajo suelo y llave y hoy vuelven a estar en mis sueños. Y una vez puesta en pie, que se queden en su sitio los sueños escondidos, o que no apunten más allá de la nariz y se vuelen lejos con el viento, como trozos de papel. Olvídalo todo, o toma la dirección despedida. He tendido bien esconderme del destino y creo tener la impresión de, aún así, no haberlo burlado. Puede ser que mi conciencia me castigue por las noches y me aliente en las mañanas, o que un día me quede sin futuro y tú sigas jugando con el mío. En cada esquina de mi habitación, encuentro algún que otro problema de peso. Es como si me alimentara de polvo, como si guardara en la nevera todo el mundo que me rodea, toda una larga crónica de sucesos, y tuviera allí suelto, congelando, lo que algún día fue un buen corazón. Conozco imitaciones baratas del diablo, puñaladas traperas con cuchillos de plástico. Aún así, ni con los pies en la tierra, soy yo. Soy consciente de que tengo los bolsillos repletos de abrazos vacíos. En invierno no hay sol, hace frío y... me falta un abrigo. Hace ya tiempo que los segundos parecen semanas. He descubierto el secreto de la eterna tristeza. Sácame de aquí y vente conmigo. Deja que, en vez de esperarte, me esperen sábanas y almohada, para evadirme de mis pensamientos por unas horas. O, al menos, deja que hoy no me arrepienta. Creo que a veces me dejo manejar como un muñeco de trapo, así que no juegues con fuego si soy tu cerilla. Si pudiera guardar tiempos pasados en una botella y acudir a ella en la tristeza, buscaría cada uno de los días de ayer procurando volverte a ver. Pero, antes, recuérdale a mi vida que no te daré tan fácil mi brazo a torcer.
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